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Este es el emotivo discurso que dos alumnos de 2º de Bachillerato leyeron en nombre de sus compañeros en el acto de imposición de insignias celebrado el pasado 21 de mayo.
Hoy, 21 de mayo de 2010, ponemos punto final a una etapa de nuestra vida. Hoy finaliza nuestro recorrido como alumnos del colegio La Salle. Es un día emotivo en el que es inevitable hacer un repaso de todos los momentos aquí vividos. Hoy nos hacemos verdaderamente conscientes de todo lo que dejamos atrás: cada profesor, cada excursión, cada curso, cada alegría y cada tristeza... Si tuviésemos que elegir los días más importantes en nuestras vidas, éste sería sin duda uno de ellos. Acabamos un ciclo, una etapa y nos vamos a adentrar en alguno nuevo y desconocido, pero por encima de eso, abandonamos nuestra segunda casa, el hogar donde algunos llevamos ya 12 años. Por ello, hoy es un día para echar la mirada atrás, para recordar todos esos momentos vividos en el colegio. Para los más veteranos nuestra etapa lasaliana empezó con 6 años, con una prueba en la que sólo se rompía la pintura azul y donde alguno ya dio muestras de su desparpajo al atreverse a cantar algo de Ricky Martin. Llegamos a Primaria totalmente perdidos, nos dejaron en una clase muy grande con muchos niños que no conocíamos y con unas "profes" que se mataron por nosotros... y es que cómo olvidar a Isabel y a María José, que actuaron de gurús con nosotros en el colegio. Y todo empezó a complicarse: que si aprender a multiplicar y a dividir, que si leer todos los días... Vivíamos entre dictado y dictado, un tema de Conocimiento del Medio y nuestras primeras clases de Inglés, dando lo mejor de nosotros mismos, incluso en los recreos, para que los mayores no te quitaran el balón. Pero el nivel aumentó, y antes de llegar a Secundaria comprendimos que las tizas no servían únicamente para escribir en la pizarra, ya que Javier las hacía volar hacia nosotros para que atendiésemos. Y así, de golpe, llegamos a la ESO. Dejamos de ser los mayores de los pequeños para ser los pequeños de los mayores. Fue una época muy dura, en la que nuestros cuerpos empezaban a cambiar de forma descontrolada sin poder evitarlo. En efecto, llegaba la Edad del Pavo, la edad más temida por cualquier padre y que después llamaríamos "oscura", aquellos tiempos en los que un servidor aun escuchaba El Canto del Loco. Todos dimos guerra a los profesores, habiendo alguno que nos hablaba de "caos, crisis" y de cosas no excesivamente buenas y un supositorio de 500mg si no nos callábamos. Años en los que nadie se libró de bailar el "Pata Pata", de hacer raíces cuadradas sin comprender su utilidad fuera de una clase. Nos enseñaron que el si teníamos doce años vivíamos el año trece y a subir por las escaleras según la consigna "fila, silencio, derecha". A lo tonto llegamos a un curso decisivo: 4º ESO. Ya habíamos elegido levemente nuestro camino, pues cada clase tenía alguna asignatura que no tenían las otras. Hay que decir que fue un año bipolar, con el viaje de intercambio a Francia y el de fin de curso a Valencia, del que volvimos como auténticos cangrejos. La parte fatídica del año llegó en abril, cuando nos dejó un andaluz querido por todos, Josete, que seguro que desde allí arriba estará orgulloso de que hayamos llegado hasta aquí. Finalmente tuvimos que elegir si el año siguiente queríamos oír aquello de "señores, que esto es formulita, sustituir, despejar" o "defina el derecho de subscripción preferente". Y conscientes de nuestra decisión y de que el profesor tiene "la sartén por el mango y el mango también", nos adentramos en nuestra última etapa en La Salle. Es curioso, todo lo que antes nos parecía inmenso ahora se nos quedaba pequeño. Empezando por el babi, las mesas y las sillas, los pasillos, incluso los niños a los que ahora nosotros quitábamos la pelota en el recreo... todo parecía haber encogido, todo menos nosotros y los libros, que no sólo eran más gordos, sino que la letra se volvía microscópica. De este modo, nos adentramos en Bachillerato. Y llegó Primero. Creo que ninguno de los nuevos que llegamos pasó por alto las rejas de las ventanas o esas ventanitas tan raras que había en lo alto de las clases que... ¿para qué eran? ¡¡Para que Juan Carlos nos espiara en clase!! Pero ninguno lo sabía y en su momento tuvo gracia; luego, ni pizca. Los de dentro pensaban que los invadíamos. Los de fuera pensábamos que eso era una cárcel. Con el tiempo empezamos a hablar entre todos, poco a poco en el patio los grupos se empezaron a mezclar, sin saber aun dónde llegarían esas amistades, amigos que ahora dudo que olvide algún día. Creo que nunca olvidaremos ciertas cosas: la primera conversación con alguien que no conocíamos de antes, el primer "a la pizarra" rojos como tomates, el primer "¡anda, mira, una choni!"... Cosas que en su momento parecían insignificantes pero que ahora guardamos como un recuerdo al que nos atamos sabiendo que no volverá a ocurrir en este lugar ni con esta gente. Nuestra gente. Gente que veíamos extraña y que ahora forman parte de nosotros, en lo bueno y en lo malo, para reír con las bromas o para llorar por la rabia de ver un suspenso después de haber estudiado mucho, mucho... aunque sólo la tarde de antes. Primero no nos lo tomamos tan en serio como hubiésemos debido pero siempre será un año para recordar. Recordaremos cómo intentábamos copiar en los exámenes a pesar de ser prácticamente imposible, cómo pensábamos que éramos los más malos escondiéndonos en los baños del edificio... Pero sobre todo mirando a los de segundo como si fueran unos bichos raros que no salían apenas a los pasillos, que si mirabas por la ventana parecían hasta buenos sentaditos en sus mesas, callados la mayoría y moviendo la cabeza siguiendo al profesor. Nos reíamos de sus desgracias pensando que jamás nos tocaría o que nosotros, que molábamos más, íbamos a ser distintos. Pero llegó... ¡¡y tanto!! Segundo se abrió ante nuestros ojos con unos tutores que nos decían que este iba a ser el curso más duro de nuestras vidas. Y en efecto, así ha sido. Empezamos el curso cargados de ilusión, pero con la mentalidad de Primero, lo cual fue nuestra perdición. A mediados de noviembre llegaron las primeras porras a ver quién hacía pleno. Y por desgracia, hubo gente que lo hizo... Ocho suspensas de ocho cursadas te hace ver que en segundo, o curras o te quedas atrás. Mientras tanto, veíamos con envidia a los de primero, totalmente relajados, acomodándose a la sección, pero también con una sonrisa maliciosa pues en un año ellos sufrirían lo mismo que nosotros. El curso ha pasado volando, siguiendo impasible su marcha, sin darnos un respiro por Navidades ni siquiera durante el viaje a Grecia, ya que cayó en vacaciones de Semana Santa. Y así hasta llegar a las recuperaciones de mayo. En serio, Segundo de bachillerato es tan duro que no te deja ni disfrutar de las fiestas de San Isidro en la Pradera. Sea como fuere, la verdad es que no nos podemos quejar de estos profesores, es más, no hubiese sido lo mismo de nosotros sin ellos, estas maravillosas personas que nos han tenido que aguantar en clase hablando y que después si te ven hundido se paran a interesarse por ti. Nos vamos de este lugar que podríamos considerar como nuestro segundo hogar llenos de tristeza sabiendo que parte de nosotros se queda aquí, entre estas paredes tras haber llorado, reído, sufrido, sentido... en definitiva, vivido de una manera tan intensa aprovechando cada minuto con los compañeros y los profesores. Pero a la vez pensamos que algunos de los mejores momentos de nuestra vida han ocurrido aquí, que no podían haber ocurrido en ningún otro lugar, que nuestro destino lo puso ante nosotros y que lo hemos aprovechado al máximo. Es momento de llorar, sí, pero no de tristeza, sino de alegría por haber sido como hemos sido, por haber hecho lo que hemos hecho, sin pensar en lo que no hicimos. Sólo pensar en lo que hemos hecho, tanto bueno como malo, ya que eso nos ha traído a estar aquí y ahora, y que nos traerá un futuro en el que no nos olvidaremos sino que nos recordaremos. Llamaremos a nuestros ex-compañeros invitándoles a tomar un café o nos los encontraremos en alguna fiesta, y recordaremos los buenos momentos vivimos, aunque también los malos pero de una forma distinta. Por último, queremos daros las gracias a todos, padres, amigos, compañeros, profesores, Hermanos de la Salle... que en definitiva nos habéis ayudado a formarnos como personas haciéndonos crecer, dándonos momentos inolvidables que contaremos llenos de orgullos y nostalgia a nuestros hijos, sonriéndonos por lo que hemos logrado con vuestra ayuda, haciéndonos ser lo que somos y seremos. De todo corazón, GRACIAS.
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