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La Navidad es la celebración del nacimiento del Niño Dios, es tiempo de amor y de paz, donde hay que olvidar rencores y perdonar, pero lo cierto es que hoy en día más que acontecimiento espiritual, es un hecho comercial.

Buscando antecedentes de estas fechas he encontrado que la primera referencia a la Navidad que marcó el 25 de diciembre viene del segundo siglo después del nacimiento de Jesús. Las primeras celebraciones de la Navidad fueron en reacción a la Saturnalia romana, un festival de cosecha que marcaba el solsticio de invierno — el regreso del sol — y se honraba a Saturno, el dios de la agricultura. Para el año 529 d.C., después que el cristianismo se hubiera convertido en la religión oficial del estado en el Imperio Romano, el emperador Justiniano hizo de la Navidad una festividad cívica. La celebración de la Navidad llegó a su cúspide en el período medieval, cuando se convirtió en un tiempo para consumo y excesos.

Sea cual sea los orígenes de estas fechas debemos tomar conciencia de lo mucho que podemos aportar a los demás y recordar a quienes ya no se encuentran a nuestro lado.

Para lo primero hemos sido testigos este fin de semana de la campaña de recogida de alimentos y cómo en cada centro comercial se llenaba de voluntarios que pedían nuestra colaboración para paliar la necesidad que sufren muchas familias a las que no podemos olvidar. Esta llamada a la solidaridad ha sido fundamental para concienciar de que a nuestro lado conviven personas que estas fechas no son sinónimo de reposo, descanso y vacaciones.

El lema de esta 5ª edición ha sido “Cuento contigo” y tenía como meta superar los 22 millones de kilos de alimentos no perecederos obtenidos el pasado año, cifra que resulta insignificante frente a los más de 1.300 millones de toneladas de alimentos que, según un informe de la Comisión Europea, se desaprovechan en todo el mundo,  lo que representa 1/3 de la producción mundial.

Según el Instituto Tecnológico de la Industria Agroalimentaria, nuestro país ocupa el séptimo lugar en cuanto a desperdicio de alimentos, con un total de 7,7 millones de toneladas al año, lo que viene a ser una media de 179 kilos por habitante, algo verdaderamente preocupante cuando cada día vemos noticias de países y pueblos a los que no llegan lo más esencial para poder subsistir.

La alegría, la risa y el despilfarro de los que tienen frente a los que, con rabia, envidia y llanto no poseen nada deben llevarnos a concienciar que estas fechas no son para todos igual. La tradición no debe adormecer nuestra conciencia como Cristianos y hemos de responder a este desenfreno consumista, hacernos despertar y actuar de forma activa colaborando en la medida de nuestras posibilidades para amortiguar los estados de necesidad de los que nos rodean, aportando todo lo que esté a nuestro alcance.

Seguramente recibamos en nuestras casas montones tarjetas en las que nuestros familiares y amigos nos envíen mensajes de paz, amor y esperanza y es justo decir que compartir esos deseos no es malo, pero hacemos hacerlos extender a cuantos nos rodean.

Somos el futuro, así nos lo dicen cada vez que hablan de nosotros, pues bien, viene siendo el momento de construirlo, dar un paso adelante (y no a un lado), la Navidad es como cualquier otra fecha, podemos vivirla sólo un día al año o todos los días, la decisión es personal pero hemos de pasar de las palabras a los hechos, seguramente es ilustrativo ese refrán que dice que la palabra convence pero el ejemplo arrastra, eso es lo que he visto este fin de semana cuando muchos voluntarios, jóvenes como nosotros, pedían nuestra colaboración, y ayuda, estaban llamando a nuestro compromiso por los demás. Creo que es buen momento para la reflexión frente a estas fechas.

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